viernes, 11 de febrero de 2011

Vivir

En un parque, de arboles marrones y dorados, de negras aceras mojadas por el rocio, se encontraba Don Mariano. El era un elegante hombre de piel besada por el sol, que gustaba de recostarse por las mañanas en una de las bancas del parque.

Mientras todo el mundo andaba de apuro preparándose para su día, Don Frescas era de esa clase de persona que aun busca y disfruta cada minuto del silencio y quietud que es solo a veces interrumpido por uno de esos perseverantes corredores que pasan por el parque a esas horas.

Pero, esa mañana era algo diferente, por que fue esa mañana que algo empezó a cambiar en su interior. Empezó a recordar a una niña linda de cabello azabache y profundos ojos grises que vio por primera vez cuando aun jugaba con los trompos.

Las imágenes de un recuerdo algo lejano empezaron a surgir en su mente: el día en que hablaron por primera vez.

Elena permanecía en una de las pequeñas mesas de la panadería. Llovía. Fue por eso que Mariano encontró la excusa perfecta para mantenerse allí por un rato más largo de lo usual.

Pidió una taza de café y mientras lo revolvía se sentó en la mesa frente a la chica, al verla, no pudo evitar susurrar: “…esos hermosos ojos grises…”. Elena levantó la mirada del grueso libro rojo que leía junto a dos de sus amigas.
“Este es el momento de decirle algo, no desperdicies el momento”. Pensaba tratándose de dar ánimos a si mismo, “di algo, ¡ya!, sin pensarlo, cuando lo hayas dicho no podrás dar más vuelta atrás…empieza a escribir tu historia, empieza a vivir…”

– Eeehh… –balbuceaba– disculpe señorita.

Elena y las chicas que la acompañaban miraron a Mariano mientras una de ellas reía para si y la otra le daba codazos tratando de disimular su propia risa. Elena, por otro lado, puso una tierna sonrisa.

– ¿Sabe qué películas están presentando? –dijo finalmente con una gota de sudor escurriéndole por la frente y un bombeo encendido dentro de su pecho, que amenazaba con dejarlo al descubierto.

– Mmm, bueno… –dijo Elena confiada, mientras sonreía tímidamente como si supiera un secreto –me parece que hoy traen las de terror…

– ¡Oh!, y… ¿a usted le gustan las películas de terror?

Las muchachas observaban detenidamente la conversación, casi de una manera grosera. Una con la boca y la otra con los ojos muy abiertos.

– Si, me gustan. respondió con un tono decidido y curioso a la vez.

Hubo una pausa algo larga, o larga para los que tienen la garganta seca y solo quieren salir corriendo. Las dos chicas volvieron en si y empezaron a hojear otra vez el libro, Elena ladeo la cabeza y siguió con la mirada fija en Mariano que revolvía con fuerza su café.

Finalmente, la miro.

– ¿Quisiera ir usted conmigo?

Elena entrecierra los ojos y mira sus ojos bondadosos, su cabellera castaña escondida bajo un gorro de franela y unas cuantas pecas que tenia en sus mejillas, ¿de donde había salido este muchacho?

– Me encantaría –y con ojos llenos de ilusión, esboza una gran sonrisa–


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– Disculpe señor, ¿sabe donde esta la salida trasera?, pregunto un chico que pasaba por allí, con una flor en la mano.

Don Mariano, dejo de ser simplemente Mariano y regreso a la realidad.

– Sigue recto, hasta que veas un gran roble, allí encontraras la salida.

– ¡Oh!, Gracias señor.

El Sr. Frescas sonríe y asiente con la cabeza. “Ella amaba las margaritas, me lo dijo una de esas veces que nos pusimos a conversar por horas junto a la estación de bomberos”

– Debo volver a verla –dijo en voz audible.

A continuación, se dirigió a su casa, busco entre los papeles de su escritorio y encontró un trozo en el que Elena apuntó su numero unos años atrás.

Ring… Ring…Ring…

– ¿Si?, ¿Hola?, contesto la joven voz de una chica.

– ¡Buenas Tardes!, ¿se encuentra la Sra. Méndez?

– ¡Abuela!, están preguntando por una Sra. Méndez.

– Voy para allá, ven a lavarte las manos.

– ¿Si?, habla la señora… Méndez.

– ¿Elena?

– ¡Oh!... ¿Mariano? hace tantos años que no oía de ti, ¿Qué harás hoy?, ¿quisieras pasar por mi casa tomar una taza de te?

Realmente ir a la casa de Elena, no era algo que esperaba hacer en ese día. “¡¿ir a su casa!?, verla…” pensaba.

– Seria un placer. ¿La misma dirección?

– Si. ¿Pasarás?

– Iré por la tarde.

– Esta bien, ahora debo dejar a Irina a su clase de ballet, pero debo estar en casa al rato.

– Esta bien Elena, nos vemos al rato.

– Nos vemos Mariano.

Hablaron como si los años no hubieran pasado, como si su abundante cabellera castaña no tuviera ya destellos blancos y como si al sonreír no se formaran esas gentiles arrugas alrededor de sus ojos.

“Le iré a comprar unas lindas margaritas”, pensó.

Don Mariano compró una docena de margaritas donde doña Concepción, la florista que se encontraba junto a su barbería. Esta, ya lo conocía porque también gustaba de pasar por las tardes charlando con los caballeros que llegaban a la barbería.

- ¿las llevaras donde Alfred? A el siempre le llevas claveles.

Don Mariano se sonroja, se sentía otra vez como un muchacho. Doña Concepción intuía que esas flores tenían un destinatario especial, después de todo no era común que Don Mariano dejara sus bigotes y camisas de rayas y apareciera ahora con un traje coqueto.

– Si, pasare por allí. Dijo tratando de ocultar todos los sentimientos que bullían en su interior.

– Bueno, te las podare un poco. –dijo no muy convencida.

Ella había tratado de llegar a el, de conocerlo. Al fin y al cabo, ella se sentía muy sola después de su divorcio cuando no pasaba tiempo por la floristería o no estaba con sus nietos. Era una señora de rizos rubios y ojos cálidos, que realmente no podía evitar poner sus ojos en Don Mariano, después de todo, el era ahora un hombre alto, fornido, muy guapo y elegante además, de esos hombres que aun abren las puertas a las damas y llevan un pañuelo en su bolsillo.

– Están listas… que tengas un buen día.

– Gracias Concepción. Don Mariano intuyo la mirada algo triste y distraída de ella.

A continuación, saco una de las margaritas y le dijo:

– Que tengas un hermoso día, no dejes desvanecer esa hermosa sonrisa que siempre me muestras a mí y a los muchachos.

Concepción entre conmovida y sorprendida por la actitud de hombre nuevo que mostraba, reacciona y le da una de sus grandes sonrisas. El le sonríe con ternura y hace un gesto con la cabeza mientras sale del lugar.

“Debería pasar por donde Alfred primero, es probable que aun ella no haya regresado a casa”, al recordar que iría a su casa, una sensación fría y a la vez agradable recubrió el estomago de Mariano.

Unas calles adelante, entro por una portezuela de hierro. Unas cuantas personas estaban sentadas en ese lugar donde yace el recuerdo de esas personas que tanto amaron en vida, iluminado por una tenue luz azulada, que traspasaba las hojas de los arboles y caía suavemente en los entristecidos y nostálgicos rostros. Era hora de darle una visita a Alfred.

Aunque, al principio a Don Mariano le resultaba algo triste hacer este recorrido, en el que, a veces se arrepentía de no haber dicho más o hecho más, en el que recordaba a ese amigo que por el momento solo en el recuerdo vive, todo valía la pena cuando leía:

“¡Te amamos!”

Eran las palabras inscritas en la placa de Alfred. En vida, el fue un hombre que no cesaba de decirlas. Te amo, Te amo, ¡Te A-M-O..!

Al repasarlas, Don Mariano esbozo una sonrisa, con convicción, con seguridad, con paz. Recordó las margaritas que llevaba en las manos y saco unas cuantas del ramo.

– Una por cada década que Dios nos concedió ser amigos. Dijo mientras colocaba una a una sobre la placa.

Ya se hacia tarde, el ramo se había empobrecido un poco, era la hora de continuar el camino donde Elena y los recuerdos, lo invadieron una vez más...

– ¿Así que te iras la próxima semana? –pregunto Mariano, en ese tono de voz tranquilo que había aprendido a simular.

– Si, mamá dijo que en la ciudad hay muchas más oportunidades para que una chica pueda ser una verdadera profesional…

– ¡claro!, y se que lo lograras. Me parece grandioso.

– Si…

– ¡Entonces debemos aprovechar esta semana como nunca!

– ¡Estoy de acuerdo!, exclamo Elena con una gran sonrisa.

“La volví a ver, pero no volví a buscar a mi amiga”, pensaba una y otra vez Don Mariano mientras se acercaba a su destino. Finalmente, al llegar se dio cuenta que la casa de Elena permanecía en quietud, el silencio solo era interrumpido por el silbido de la brisa y unos cuantos trinos de pequeños pájaros, un clima muy distante al que se vivía dentro de su alma.

De repente, la puerta se abre. El pecho de Mariano retumbo, retumbo, ¡retumbo al ver sus ojos grises! Ella estaba sentada en el pórtico esperándolo.

– ¿Mariano? –pregunto suavemente Elena mientras repasaba su rostro–. Era un rostro algo envejecido pero mantenía aun su gorro de franela y su mirada gentil y bondadosa.

– Te…traje unas margaritas. Dijo sonriendo nerviosamente mientras se acercaba.

– ¡Muchas gracias!

Elena se levanto y lo miro por unos instantes, se recostó a el y… le dio un largo abrazo, en el que, sintió su tibia respiración, su firmeza y fuertes brazos, su ternura y al mismo tiempo, los años, ¡retroceder!

– ¡Iré a llevar las flores adentro!

– Esta bien.

Don Mariano se sentó en las escaleras del portal con la mirada perdida.

Ella se detiene en la puerta y en vez de entrar, respira hondo, se sienta a su lado y le dice:

–Se que antes de hablar cosas importantes se supone que hay que hablar sobre el clima, sobre los hijos, sobre otras cosas, pero…debo decir: te extrañe. Esta es la primera vez, en muchos años que cuando te veo a los ojos, veo al chico del que me despedí hace muchos años en un pequeño pueblo.

– Hoy soy ese muchacho.

Los ojos de Elena se cristalizaron y a continuación desvío la mirada hacia un punto lejano. No podía verlo a los ojos, no podría aguantar otra despedida incomoda más…otra conversación trivial…

 – ¿sabes? –comenzó a decir Mariano con una voz que venia de muy adentro– He pasado tanto tiempo de mi vida solo pensando y no suficiente demostrando cuanto te amo. Alfred… ¡ese viejo!...el…el siempre trato de hacérmelo ver. La miro fijamente y le dio una de sus mejores sonrisas.

A Elena se le empezó a cristalizar la mirada, sin embargo trataba de permanecer con su expresión de valentía.

– Bueno Mariano…creo que en el fondo, bajo toda la cortesía, bajo las pocas palabras que intercambiábamos cuando nos veíamos. Creo que en el fondo el corazón ya lo sabía…

Todos los sentimientos que permanecían guardados dentro de un cajón, en el fondo del corazón de Mariano empezaron a salir al fin.

–Yo…lo… siento mucho. Lo siento por nunca decirlo…un día decidí que tu debías seguir tu vida y yo la mía y que esto se volvería un asunto sin importancia. Sin embargo….debo decir que: te quiero…yo…te amo Elena. Eres mi mejor amiga.

Ella, permaneció con la mirada fija, no podía creer lo que escuchaba. Antes pensaba que esas palabras solo podrían surgir producto de su imaginación… pero allí estaba aquel chico de su juventud, aquel que siempre recordaba traerle margaritas, aquel de mirada dulce.

Cualquiera pensaría a esa edad, uno no debería considerar eventos como este, “ni siquiera suceden mucho” dirán algunos, pero, cualquier día, si uno realmente lo desea, puede ser el primer día de una gran aventura. El día en que, a pesar de todo lo que pueda haber sucedido en un pasado, ¡se comienza otra vez!

 – Yo también te amo Mariano. ¡Vivamos!

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